Las matemáticas no solo cuentan números, sino también historias. Así los demuestra el próximo video clip de Descemer Bueno, que pone en imágenes la canción 360 grados. Este será el primer acercamiento a la ficción  desde un clip que asumirá el director Claudio Pairot. Y si de primeras veces se trata, asistir a la filmación de la propuesta audiovisual hizo descubrir a esta periodista dónde queda la famosa comunidad del Wajay.

Durante el rodaje no hay un minuto de descanso: la corbata que no está planchada, los reclamos de silencio, el maquillaje y lograr una mejor toma son asuntos que se roban hasta el horario de almuerzo. Pero Claudio, inventa un espacio para revelarnos que  durante la historia se trata de descubrir, mientras Descemer toca con su grupo en vivo en la radio de los años treinta, una historia de amor.

Esta vez, Bueno es alguien pobre que lleva una vida feliz, pero monótona, con su esposa e hijo. Cierto día, decidió darle rienda suelta al sueño de ser músico. ¿Cómo se pueden alcanzar anhelos, incluso  en contra de la voluntad de otros?: una pregunta que inspira también el audiovisual.

Descemer, convertido en un típico guajiro, gracias al encanto del vestuario, confiesa: “Me parece muy bien esta idea de Claudio y su equipo de sacarme de mi vida como cantante para llevarme a interpretar un personaje, aunque la actuación es silente la considero muy importante y no ha sido fácil, creo que a mi favor estuvo el hecho de que existen ciertos puntos de contacto entre el músico del relato y el Descemer que soy.”

El principal responsable de remontarnos visualmente al 1930 y recrear una atmósfera en consonancia con la época es el director de arte, Maikel G. Páez. “Lo más complejo fue ser fiel a los detalles, porque este es un período que no se ha tocado tanto como es el caso de los años cincuenta y  otras décadas”, dice.

Diseñar el vestuario, encontrar un auto marca Ford-31 en las calles de La Habana, hallar la locación soñada, esa casa del siglo XIX, escondida en el Wajay, con el ambiente adecuado, grandes espacios y textura, no suenan como molestias en la voz de Maikel, ahora…claro, que ya todo apareció.

Para otros, jugar con el tiempo no es tan atractivo en la vida real como en la ficción. Así lo advierte Javier Pérez, quien comparte con Claudio la dirección de fotografía, mientras el cruce de una guagua repleta de jóvenes que cantan Bailando pone pause a la grabación de una escena en las afueras de la casa.

“El mayor desafío ha sido tener que rodarlo todo en un día, nunca parece ser suficiente, pero saldrá”, asegura sin dejar de caminar en búsqueda del siguiente plano.

Los retos no solo los  asumió este joven, un leve puntillazo despertó además a la artista dormida en la bailarina Yaniris Lobaina, mientras el más pequeño del elenco, Mauro Maceo, con tan solo ocho años, conoce de cerca a las cámaras. Sin embargo, el niño no muestra señas de nervios, le encanta ser hijo de Descemer, “aunque sea de mentiritas”, aclara.

Incluso para quienes se sienten cómodos en la piel de un personaje, también esta entrega trae satisfacciones.  “El clip me agrada porque juega con los códigos del cortometraje”, comenta Carlos Enrique Almirante, quien interpreta el cazatalentos del relato.

Según el autor de Tus luces sobre mí, los muchachos hacen honor al nombre del equipo y dan siempre justo en la ¿puntilla? : “Coincidimos en el clip 14 de febrero, junto a Omi Hernández y en un promocional llamado la Vida es buena, con Isaac Delgado. Pero nos habíamos quedado con ganas de hacer algo más, así llega esta canción que escribí con Israel Rojas ya la cual le tengo mucho cariño”, nos comenta el cantautor.

Vuelven a asaltarme los códigos de la ciencia, ahora los trae Claudio: “Siempre digo que el 60 o el 70 por ciento del éxito del video lo determina el tema, y en este caso, tratándose de Descemer, quien nosha acostumbrado a la profundidad e ingenio de sus letras, creo que ya tenemos esa parte garantizada”

Las lecciones del cine presentes y la estructura del relato activan el resto de la magia. Los efectos del encanto se prueban desde las filmaciones, donde no falta quien robe la guitarra y entre toma y toma tararee la buena melodía, mientras otros, sin refunfuñar,  vuelven al punto inicial para repetir los movimientos hasta que, del lado de allá de la cámara se escapa al fin esa voz, como una caricia, cambiando el tradicional “¡Corten!” por un alentador “¡Quedó!”.